En lo central de su experiencia de fe se sitúa el anhelo
por vivir la santidad, el ardoroso compromiso por el apostolado
y la entrega generosa y fraterna en el servicio. Estas tres dimensiones
expresan la identidad y la proyección del MVC. En esa perspectiva,
la vida es entendida siempre en relación a la iniciativa
divina de amor. Así, es asumida, acogiendo la gracia de Dios,
en una respuesta libre y activa para que cada quien coopere con
el Amor. De tal forma, cada cual se deja conformar con el Señor
Jesús, y de esa manera se encamina a la plena participación
en la Comunión Divina. Es este proceso de conformación
el que nos conduce a la santidad. Quien vive en comunión
con el Señor y en fidelidad al divino Plan se siente movido
a testimoniar y anunciar la fe en el Señor Jesús.
De esta forma, toda la vida se va configurando en un servicio que
brota del corazón convertido y se plasma en acciones concretas
de amor a Dios y de fraterna solicitud por los hermanos, especialmente
por quienes están en necesidad. En este compromiso los miembros
del MVC acuden a la intercesión de la Inmaculada Virgen María,
en quien descubren a la Madre amorosa.
El servicio apostólico que el MVC se siente llamado a cumplir
se inscribe dentro del marco de las enseñanzas del Concilio
Vaticano II, al que considera un «acontecimiento providencial»[3]
y un verdadero don del Espíritu para estos tiempos y el tercer
milenio adveniente. En las orientaciones conciliares y en las impostaciones
locales --como por ejemplo las Conferencias Generales del Episcopado
Latinoamericano-- nutre su vocación eclesial. Mira siempre
con atención al Magisterio, y aspira a colaborar en su vivencia
y aplicación.
Evangelización, reconciliación, comunión
La gran tarea que descubre el MVC en esta hora de la Iglesia es
la de promover una renovada evangelización y reconciliación,
para que así sus miembros, aspirando ser permanentemente
evangelizados y reconciliados, puedan ser evangelizadores y reconciliadores
según los impulsos del Espíritu Santo. Ése
es el horizonte concreto hacia el cual el MVC quiere dirigirse.
Asume vivamente el desafío de la Nueva Evangelización
que el Magisterio ha propuesto con insistencia como programa para
estos tiempos de profundas transformaciones culturales. Y este programa,
como dice Luis Fernando Figari, Fundador del Movimiento de Vida
Cristiana, implica «acoger el llamado, acoger coherentemente
la luz y la fuerza del Evangelio, dejándonos conformar en
el Señor Jesús, y así ir al encuentro de las
personas y de la cultura, anunciando la liberación cristiana
con espíritu pascual y recorriendo el camino de la cuádruple
reconciliación»[4].
El MVC desea vivir de manera intensa la comunión en la fe.
En primer lugar reconoce que forma parte del Pueblo de Dios y quiere,
como tal, contribuir en el fortalecimiento y extensión de
dicha comunión. Entendiendo a la Iglesia como un sacramento
de comunión y reconciliación del ser humano con Dios,
y de los hombres entre sí[5], vive en el dinamismo de una
eclesiología que expresa estas características. Es
en dicha comunión en donde se produce el encuentro con el
Señor Jesús. Y dicho encuentro es el camino hacia
la participación en la Comunión Divina de Amor que
es la Santísima Trinidad.
Esta comunión se trata de hacer concreta en la vida cotidiana
de los emevecistas a través de la vivencia de la caridad,
poniendo un especial énfasis en la formación básica
en la fe de la Iglesia y en la adherencia e internalización
de tan grande don en el horizonte de la esperanza.
El MVC está organizado en base a comunidades de fe, en las
cuales se anhela de manera consciente y activa vivir la comunión
y la fraternidad, para proyectar luego esa experiencia en todos
los servicios que se prestan. Expresión de esta realidad
es el clima de acogida y de festiva celebración que se vive
al interior de las comunidades que conforman el MVC. Y en todo esto
el corazón de la vida y acción del Movimiento está
en la sagrada Eucaristía, «Cristo mismo, nuestra Pascua
y Pan de Vida»[6], fuente de la comunión y de la reconciliación.